NYT: El TLCAN y su papel en la obesidad en México


México, junto con Estados Unidos, es de los países más obesos en el mundo y parte de ese fenómeno se debe a la irrupción, con la firma del tratado de libre comercio, de una dieta que se basa más en alimentos procesados importados.

Andrew Jacobs y Matt Richtel 11 de diciembre de 2017 / SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, México NYT — William Ruiz Sánchez pasa sus días en el sencillo restaurante de su familia donde asa hamburguesas y le pone pepperoni y queso a los hot dogs fritos. Refrigeradores y mesas rojas proporcionadas por Coca-Cola muestran el logotipo de la empresa a cambio de la venta exclusiva de sus bebidas.

Aunque a veces la familia Ruiz come aquí, más a menudo compran su cena en Domino’s Pizza o McDonald’s. Si quieren una botana a mitad del día, compran Doritos o Cheetos en Oxxo, una cadena de tiendas de conveniencia que están por todas partes.

La carrera de la familia como vendedores de comida comenzó en la década de los sesenta, cuando la abuela de Ruiz vendía tamales y comida hecha en casa con los productos de la granja familiar; esos mismos ingredientes alimentaron a sus hijos con caldos de verduras, frijoles, tortillas y huevos. La carne era un lujo.

Desde entonces, los Ruiz se han convertido en consumidores y participantes de la grave transformación del sistema alimentario de su país. Esta familia forma parte de los millones de mexicanos que padecen enfermedades relacionadas con la dieta. Se trata de un cambio radical que, según algunos nutriólogos, ha sido ocasionado por el libre comercio.

En la década de los ochenta, México comenzó a revocar los aranceles y permitir una mayor inversión extranjera con el fin de generar una transición hacia el libre comercio que culminó en 1994, cuando México, Estados Unidos y Canadá implementaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. En México, los opositores al tratado advirtieron que el país perdería su independencia cultural y económica.

Sin embargo, pocos críticos predijeron que ese acuerdo terminaría por transformar la dieta y el ecosistema alimentario del país para parecerse cada vez más al de Estados Unidos. En 1980, el siete por ciento de los mexicanos era obeso, pero esa cifra se triplicó al 20.3 por ciento en 2016, según el Instituto de Evaluación y Mediciones de Salud de la Universidad de Washington. Ahora la diabetes es la principal causa de muerte en México; acaba con 20,000 vidas al año, según informa la Organización Mundial de la Salud.

Para muchos mexicanos, el TLCAN prometía convertir en realidad “los delirios de unirse a la economía moderna”, dijo Timothy Wise, un experto en comercio del Small Planet Institute y la Universidad Tufts. “Todos los antiguos trabajadores rurales tendrían nuevos empleos en las industrias de manufactura burguesas posteriores al TLCAN. Pero eso no ha sucedido”.

“Lo único en lo que México se convirtió en un país del ‘primer mundo’ fue en términos de su dieta”, explicó Wise.

El fenómeno no se limita a México. Las investigaciones muestran que el libre comercio está entre los factores clave que han acelerado la propagación de alimentos bajos en nutrientes y muy procesados de Occidente, “impulsando la epidemia de obesidad en China, la India y otros países en desarrollo de todo el mundo”, según los resultados publicados por la Escuela de Salud Pública T. H. Chen de la Universidad de Harvard.

Sin embargo, Jaime Zabludovsky Kuper, el subjefe de negociación del pacto, dijo que el TLCAN no causó la obesidad. Explica que, al contrario, el tratado bajó los precios de la comida y alivió la desnutrición. En 2012, el 1.6 por ciento de los niños mexicanos sufría de desnutrición severa, una reducción notable del 6.2 por ciento registrado en 1988, según datos del gobierno.

Zabludovsky Kuper dijo que desde hace mucho tiempo los mexicanos se habían sentido atraídos por la comida estadounidense pero los altos aranceles la encarecían aunque estuviera disponible. El experto asevera que ahora la economía es más estable y los mexicanos viven más años lo que, según él, en parte explica por qué la gente está falleciendo de enfermedades no contagiosas como la diabetes y las cardiopatías. “Es el síntoma de una relativa prosperidad”, dijo.

Las ventajas y los defectos más notorios del TLCAN se están escudriñando de manera profunda desde que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó con desmantelarlo. Entre sus principales defensores se encuentran los intereses de la agricultura estadounidense y la venta minorista de alimentos, cuyas fortunas se han beneficiado del mercado abierto. Las exportaciones mexicanas a Estados Unidos se han disparado desarrollando una estructura económica más estable. La tasa de desempleo se ha mantenido constante pero los sueldos promedio han caído un poco desde 1994, de 15,500 a 15,300 dólares al año, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Los críticos del TLCAN reconocen que las causas de la obesidad son complejas, pero argumentan que el libre comercio intensificó el problema al abrir la economía mexicana que estuvo aislada durante mucho tiempo.

Además de reducir drásticamente los aranceles transfronterizos, el TLCAN permitió la entrada de miles de millones de dólares en inversión extranjera directa a México; alimentó el crecimiento de las tiendas de conveniencia y los restaurantes estadounidenses de comida rápida, y dejó que el maíz barato, la carne, el jarabe de maíz de alta fructosa y los alimentos procesados inundaran el país.

La inversión agrícola de Estados Unidos permitió la modernización de los métodos mexicanos de cultivo, pero también desplazó a dos millones de personas que cultivaban alimentos para su sustento y el de sus comunidades, según el Centro Woodrow Wilson. Muchos antiguos campesinos emigraron hacia las ciudades, sumándose a las filas de consumidores mexicanos que dependen de la comida procesada.

Las principales cadenas de víveres y la mayoría de los negocios que venden comida en México cuentan con el respaldo de Estados Unidos o son socios de empresas como Walmart, Subway y Pizza Hut. Oxxo, la cadena de tiendas de conveniencia, es propiedad de Femsa, el conglomerado de alimentos y bebidas asociado con Coca-Cola, que ha crecido a 16,000 tiendas en contraste con las 400 que existían en 1990.

La familia Ruiz tiene una historia común: migraron de las granjas familiares a las ciudades y adoptaron la nueva dieta al estilo estadounidense, no solo como consumidores, sino también como intermediarios. Compran los insumos para su restaurante, incluyendo el queso, la mayonesa y la carne molida en Sam’s Club, el gigante minorista que es propiedad de Walmart.

“Me gusta que gran parte de su carne proviene de reses estadounidenses”, dijo William Ruiz, de 28 años. “Es más suave y tiene más grasa que la carne de ganado mexicano”.

William y su hermano mayor, Gabriel, tienen un sobrepeso peligroso: 124 y 136 kilos, respectivamente. La dieta de sus padres también ha cambiado: el año pasado su padre sufrió un infarto provocado por la hipertensión y su madre tiene diabetes.

En todo el mundo, los tratados comerciales han hecho que la comida sea más barata y accesible. Algo que se planteaba como una ventaja importante de la Organización Mundial del Comercio, fundada en 1995, era que haría más laxas las barreras al comercio para que la “comida fuera más barata”, aunque esos acuerdos también pueden tener un impacto negativo en la dieta.

En 2007, Samoa, la república del Pacífico Sur, prohibió la importación de colas de pavo, un manjar frito y grasoso que los nutriólogos dicen que ha tenido un papel preponderante en la tasa de obesidad del 80 por ciento registrada en la isla. Sin embargo, cuando Samoa fue aceptada en la Organización Mundial del Comercio en 2011, se le forzó a levantar la prohibición a las importaciones de colas de pavo.

El impacto del TLCAN ha sido más amplio. La inversión directa de Estados Unidos en las empresas mexicanas de alimentos y bebidas se disparó a los 10.2 mil millones de dólares en 2012 en contraste con los 2.3 mil millones de dólares antes del TLCAN, y el vínculo entre ese crecimiento y el acuerdo comercial es indiscutible. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos señala que “muchas de esas inversiones se iniciaron tras la implementación” del TLCAN.

Estos cambios radicales también afectaron a la familia Ruiz.

De la granja a la comida rápida
En una tarde reciente, la madre de Ruiz, Marcela Sánchez Espino, aprovechó un momento de calma en medio del ajetreo de su restaurante llamado Dogo Express. La mujer de 62 años recordó su infancia cuando sus padres cosechaban maíz, calabacitas y hongos, además de criar pichones y conejos, y la familia comía lo que producía.

Su esposo, Gabriel Ruiz Barbosa, de 60 años, también creció en una ranchería. Después de que asesinaron a su padre, campesino y apicultor, la madre de Ruiz se las arreglaba para sostenerlos vendiendo en la calle comida hecha en casa.

Ruiz estudió ingeniería agrícola y se imaginaba haciendo una carrera en el campo. Sin embargo, México se alejaba de su base de pequeñas granjas familiares.

Hasta mediados de la década de los ochenta, México había sido una economía proteccionista y aislada. La crisis económica a principios de esa década suscitó la discusión sobre el libre comercio para estabilizar a la nación, atraer la inversión extranjera e impulsar el crecimiento.

En 1986, México obtuvo su ingreso al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio —el tratado precursor de la Organización Mundial del Comercio— un pacto que reducía los aranceles y hacía más laxas las reglas sobre la propiedad extranjera de las empresas.

Para sus defensores, el TLCAN completaría la transición. “Se trató de un cambio de modelo económico”, dijo Kuper, el subjefe de negociación. “Empezamos a buscar la ventaja de la proximidad geográfica con Estados Unidos”.

El acuerdo revocó los obstáculos a la inversión transfronteriza y eliminaba por completo las restricciones mexicanas a la propiedad extranjera mayoritaria de empresas mexicanas. Estados Unidos, Canadá y México se convirtieron en un bloque comercial abierto.

Las exportaciones mexicanas de frutas y verduras saludables a Estados Unidos aumentaron; mientras que cantidades cada vez mayores de los ingredientes de los alimentos procesados fluían en dirección contraria.

El año pasado, más de la mitad de los productos agrícolas exportados de México a Estados Unidos fueron frutas, vegetales y jugos, mientras que estos alimentos representaron solo el siete por ciento de lo que Estados Unidos exportó a México, de acuerdo con el Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

Las exportaciones estadounidenses a México han estado dominadas por la carne, la soya y el maíz. El valor promedio anual de los granos que llegaron a México se disparó a los 4,7 mil millones de dólares en 2016 a partir de los 897 millones de dólares anteriores al TLCAN. Las exportaciones de carne de cerdo y res también se incrementaron durante el mismo periodo, al igual que el valor de jarabe de maíz de alta fructosa, a 345 millones de dólares anuales en contraste con los 5 millones de dólares anteriores.

Las prácticas agrícolas modernas y el capital estadounidense también se extendieron a México. La agricultura mexicana se hizo más eficiente, pero también contribuyó al desplazamiento de 4.8 millones de campesinos. Algunos encontraron empleos temporales en negocios agrícolas más grandes, pero dos millones de personas perdieron sus empleos, según un estudio realizado por el Centro Woodrow Wilson que algunos funcionarios mexicanos han citado como prueba de las imperfecciones del TLCAN.

Duncan Wood, director de Instituto México del Centro Woodrow Wilson, dijo que la reducción de los precios de los alimentos, junto con la economía estancada, han dejado a muchos mexicanos en una posición económica extraña. “La gente puede darse el gusto de comprar más comida procesada y consumir así más calorías”, dijo Wood, “pero no tiene suficiente dinero para un estilo de vida que les permita comer de manera más saludable”.

Así pasó con la familia Ruiz. De niño, William adoraba las comidas hechas en casa, a menudo a base de los caldos mexicanos que incluyen calabazas, zanahorias, papas y ejotes. La familia casi nunca comía afuera.

Sin embargo, cuando tenía 11 años, la familia se mudó a Villahermosa, la animada y sofocante capital de Tabasco, donde abundan los lugares que ofrecen comida rápida estadounidense. Los Ruiz se convirtieron en clientes ávidos de Domino’s y Burger King; McDonald’s era su favorito.

William disfruta el recuerdo de su primera Cajita Feliz: las crujientes papas fritas, los nuggets de pollo. “Era como tener algo del primer mundo en tu rancho alejado de la civilización”, dijo. “Era hermoso”.

Su padre tenía un bar pero cuenta que lo dejó porque las pandillas locales le exigían pagos enormes. Atraída por la economía turística de San Cristóbal, la familia se mudó en 2012 y el año pasado abrió Dogo Express.

Sus hijos comenzaron a engordar mucho en los últimos años de su adolescencia pero Gabriel Ruiz Barbosa no se sentía preocupado. “Estábamos en una buena posición económica, así que podíamos comprarles alimentos ricos en proteínas y también comida rápida”, dijo. “Nos decíamos: ‘Que estén un poquito gordos significa que están bien alimentados’”.

El ascenso de las cadenas
Un domingo reciente, los hermanos fueron a Sam’s Club para comprar los suministros del restaurante. Les gusta el interior enorme y la extensa área de carnes, con la carne de res marmoleada que frecuentemente es más barata que los fibrosos cortes que venden los carniceros locales.

No son los únicos. En 2015, los mexicanos compraron en promedio 1928 calorías de comida empaquetada y bebidas al día —380 calorías más que en Estados Unidos—, más que las personas de cualquier otro país monitoreado por Euromonitor International, una agencia de estudios de mercado.

Aunque las causas de la obesidad son complejas —e incluyen la genética, cambios en el estilo de vida y otros factores—, muchos estudios han asociado el aumento de peso con el consumo de alimentos procesados con un alto contenido de sal, azúcar y grasa, que son la esencia de los gigantes minoristas.

En 1991, mientras los negociadores afinaban los detalles del TLCAN, Walmart hizo su primera inversión extranjera asociándose con el principal minorista de México, Cifra.

En 1997, Walmart pagó 1.2 mil millones de dólares por el control mayoritario de Cifra. Hoy en día Walmart es el minorista de alimentos más grande de México.

Oxxo ocupa el segundo lugar de participación en el mercado de víveres. También es la cadena de tiendas de conveniencia más grande, con un 75 por ciento de participación en el mercado, según Euromonitor.

Aunque Oxxo es propiedad de Femsa, una empresa mexicana, ha disfrutado de una importante inversión externa. En 1993 Coca-Cola compró un tercio de la unidad de refrescos de Femsa por 195 millones de dólares, no mucho después de que PepsiCo había anunciado que gastaría 635 millones de dólares para expandirse en México. Luego, en 1994, la cervecera canadiense Labatt invirtió 510 millones de dólares en el negocio de la cerveza de Femsa. El dinero le permitió a Femsa reducir su deuda y así la ayudó a crecer.

“El dinero fluyó hacia el sur. Es una de las razones por las que el crecimiento de estos alimentos ha sido tan rápido en estos países”, dijo Corinna Hawkes, directora del Centro de Política Alimentaria de la Universidad de Londres y experta en políticas comerciales y nutrición. “Oxxo es exactamente el tipo de fenómeno al que nos referimos”.

Esos productos son esenciales para el éxito de Oxxo. En su informe anual de 2003, por ejemplo, Femsa presumió de que Oxxo se había convertido en “el mayor vendedor de refrescos y cervezas, así como tarjetas telefónicas, cigarros y agua embotellada”.

Javier Astaburuaga, director de Finanzas de Femsa durante once años, minimizó el papel del libre comercio en el aumento de la obesidad, señalando que los malos hábitos alimenticios ya estaban propagándose antes del TLCAN. Atribuyó el crecimiento de Oxxo a su estrategia corporativa, no al libre comercio, aunque concedió que la inversión extranjera le dio a la empresa un asidero financiero más sólido para hacer crecer todas sus divisiones, incluyendo Oxxo.

De manera retorcida, el fideicomiso que maneja el dinero de la Fundación Bill y Melinda Gates, una de las mayores organizaciones filantrópicas dedicadas a la salud pública, es el principal inversionista externo de Coca-Cola Femsa que es la mayor embotelladora de Coca Cola fuera de Estados Unidos. Los críticos dicen que esa inversión —con un valor aproximado de 470 millones de dólares— contradice a la declaración de la misión de la fundación, que es “ayudar a que todas las personas tengan vidas saludables y productivas”.

Wise, el investigador de Tufts, dijo que esa inversión suena como “la paradoja clásica: con una mano me das y con la otra me quitas”. Un vocero del Fideicomiso de la Fundación Bill y Melinda Gates se negó a hacer comentarios.

En 2012, Hawkes fue coautora de un trabajo sobre el impacto del libre comercio en la dieta mexicana. El estudio, titulado Exporting Obesity, reveló que el incremento de la inversión de empresas estadounidenses había hecho más accesibles los refrescos y la comida procesada para el mexicano promedio.

Concluyó que, como mínimo, el TLCAN había acelerado la transición de la dieta y el aumento de la obesidad en México. El impacto es una variación de lo que temían los insurgentes zapatistas que irrumpieron en San Cristóbal el día del Año Nuevo de 1994 cuando entró en vigor oficialmente el TLCAN, quemando cuarteles militares y ocupando edificios gubernamentales.

“Dijeron que sería malo”, dijo Juan González Hernández, de 64 años, líder comunitario de San Juan Chamula, una comunidad campesina cercana a San Cristóbal, “pero no les creímos”.

Estos días, dijo, hay diabetes en la mayoría de los hogares y los lugareños parecen más locos por los alimentos procesados y los refrescos que por las frutas y verduras que crecen a su alrededor.

“Los alimentos y productos estadounidenses dominan nuestras vidas”, dijo González, quien también es diabético. “Todos están tristes por los cambios pero, al mismo tiempo, seguimos yendo a Sam’s Club y McDonald’s”.

La familia Ruiz comparte su sentir. “Sé que esto es malo para mí, pero no puedo parar”, dijo Gabriel Ruiz mientras veía que su hijo entraba al restaurante con una charola de helados de McDonald’s. “Mi cardiólogo dice que soy muy obstinado”.

Su hijo mayor toma Coca compulsivamente y padece de hipertensión y dolor en las articulaciones. “Me da miedo que un día me dé un infarto y me muera”, dijo.

La familia tiene sentimientos encontrados respecto del libre comercio. Su relativa prosperidad se fundamenta en vender comida estadounidense por lo que esa dieta es tanto su sustento como su maldición.

“Mírenos”, dijo Ruiz, mientras limpiaba mansamente los restos de un helado de chocolate. “Todos somos personas educadas pero estamos enganchados”.

Óscar López colaboró con este reportaje desde San Cristóbal de las Casas y Albinson Linares desde Ciudad de México.

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